Por Roberto Gómez Navarrete.
El navegante zozobra, el mercader se esclaviza.
La mujer se adorna
Y, cruelmente el acarreado se idiotiza…
Antropólogos y sociólogos siguen cuestionando las concentraciones humanas que se dan en los procesos políticos, sobre todo en las épocas de elecciones. El acarreo hecho costumbre ancestral se considera como una labor perversa e indigna, en donde el ser humano es transformado en factor exclusivo de “uso” y clientelar importante inducido a favor exclusivamente de los aspirantes al poder. Acarreados y no otra cosa que en su mayoría son involuntarios ya que el mismo acarreado no ofrece ninguna simpatía por el ícono político, aquel que determina el aplauso unánime a su favor y que busca su popularidad. Además el que sólo va a crear impacto de su imagen y movimientos discursivos sin que ello los saque de la mediocridad que cargan sobre sus espaldas.
Los acarreados de hoy en día, resultan ser el alma, sustento imprescindible de la fiesta electoral.
Acuden si, unos presionados por sus líderes ramplones, otros incluso van con toda la prole sabiendo que más que la fe en el candidato los impulsa la distracción en un transporte de ida y regreso y desde luego sumidos en el conformismo que los lleva a la torpe satisfacción a recibir las miserias, como la torta, la fruta, el refresco, la gorra, la camiseta y desde luego con las siglas del partido en cuestión. El acarreado es el lumpen que favorece al ego de los candidatos, el mismo que aplaudirá por inercia el discurso colmado de egolatría y surtido de demagogia.