En el ámbito social el mérito como valor fundamentalmente humano se convierte regularmente en una paradoja, debido a que el halago, la lisonja y las carantoñas ofrecidas se hunden en el mar de las simulaciones. Ya que los méritos otorgados a cualquier personaje por muy poderoso que sea, deben tener la coincidencia tanto de los valores humanos como de su labor incansable, amalgamada en tenacidad, esfuerzos, entrega y nobleza creativa ofertada a la sociedad.
Nunca más se debería premiar al mérito de quienes han navegado en la mediocridad, los cuales han sido nutridos por el ocio, la casualidad y cuyas acciones irrelevantes no son dignas de ningún ejemplo, tampoco de alabanzas y justificaciones.
Sin embargo, en nuestro medio priva aún la audacia, el oportunismo así como el vil servilismo que gratifica las virtudes inexistentes, principalmente a los actores del poder; y aún más, cuando el poder -político o económico- se trastoca en una aberración social que indigna y debe reprobarse como un desfase de la conducta humana.





